Diálogo con el mar

I  
 Con la mirada fija en el horizonte azul
 Busco en mi interior el silencio
 El instante preciso antes del origen de la palabra
 Ese instante sagrado donde el silencio
 Era el amo del universo —solo ese instante—
 Ese pequeño momento coronado de soledades
 De oscuridad— de la nada inundada de nada
 El instante preciso me llega en este segundo.

II
 Voces de niños traen el viento y las olas
 Voces de mujeres tristes se escuchan en ellas
 Voces de hombres encadenados como gemidos
 Voces de un pueblo oprimido también
 Voces de una nación sin voz con las olas llegan

 El viento grita desesperado
 Mientras las olas mudas golpean las rocas

 El mar enmudece
 En esta noche de luna llena

 La luna no dice nada

 No escucha: 
 Las voces de los niños
 Las voces de las mujeres
 Las voces de los hombres
 Las voces de un pueblo
 Las voces de una nación
 La luna no escucha nada
 El mar en silencio duerme.

III 
 En el silencio busco mi encuentro
 En la soledad del camino abandonado
 —yo— solo en la soledad busco
 El silencio la gran verdad de la nada
 En el horizonte azul —línea azul
 El silencio de la soledad gobierna.

IV
 Las olas se repiten hasta el infinito
 Eterno vaivén del agua contra la roca
 Roca que cambia de forma con el golpe de las olas
 Romance sin fin entre la ola y la roca
 Las olas van y vienen hasta el infinito
 Nosotros caminamos por la playa
 Mientras nuestras huellas desaparecen

 La brisa acaricia nuestros cuerpos desnudos
 Nuestras sombras se besan en la arena.

V   
 Solo callar para encontrar el silencio
 Solo mirar el azul infinito del cielo y del mar
 Solo escuchar el gemido de la ola contra la roca
 Solo estremecerse con tanta belleza
 Solo admirar con respeto una pequeña parte del universo
 Solo conmigo mismo a la orilla del mar
 Solo aquí de pie escuchando mi corazón
 Solo —solo— con mis pies en la arena
 Solo en silencio —escuchando el silencio—. 
San Andrés Islas Colombia

Nací un miércoles lluvioso

A Nicanor Parra

 Nací un miércoles lluvioso
 a las once de la mañana.
 Mi padre era policía en ese entonces, 
 y madre ama de casa, que era igual
 a sirvienta de casa.
 Mi madre tenía veintidós años aquel día,
 los había cumplido en marzo;
 mi padre cumpliría veinticuatro
 a comienzos de diciembre,
 a ellos le debo la existencia
 en especial a mi madre,
 que es una mártir en vida. 

 Estatura mediana y problemas de miopía,
 son mis características físicas
 heredadas de mis antepasados,
 nacidos en el tolima, por un lado,
 y en boyacá, por el otro. 

 Mi infancia entre lágrimas y risas
 en el pasado ha quedado,
 con historias tristes
 que es mejor no recordar,
 porque aprisionan el alma.
 
 Por suerte fui a la escuela
 aprendí a leer y a escribir
 con la profesora bertha,
 no me gustaron las matemáticas
 ni el inglés, que ahora si me hacen falta.

 Ayudante de sastre, oficio que
 aprendió mi padre trabajando en la policía,
 aprendí algunas cositas, algunas se han olvidado,
 otras las practico a diario,
 como la labor de planchado.

 Limpié pisos y casas,
 también hice marquetería
 durante mis estudios universitarios,
 y con ayuda de becas y préstamos
 terminé mi carrera en la facultad de artes.

 Hoy soy profesor
 en busca de la pensión. 

JR

Bogotá, D.C. noviembre de 2018

Bogotá / Imagen libre de derechos / pixabay.com

Esa maldita idea

«—Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto.»

Gabriel García Márquez, La tercera resignación

Esa maldita idea de morir, después de estar muerto. Ayer en la madrugada llegó ella vestida en su traje negro y su mirada profunda, como una noche sin estrellas. Oscura. La habitación se ensombreció y todo se marchitó con su llegada. Me dijo con su voz de ultratumba que me quedara tranquilo, que ella no tenía afán y que yo ya había dejado los afanes en la noche anterior. Quise levantarme pero mi cuerpo no respondió, no sentí mis manos, las piernas parecían no estar donde siempre estuvieron, sí estaba paralizado de cabeza a pies. Vino a mi memoria por un instante aquellos días soleados cuando caminábamos por el bosque. Los cuatro, juntos, no dejábamos de reír. Los paseos por el lago, los viajes al mar, los recuerdos se desvanecieron con el olor a muerte que inundaba mi cuarto. Ella sonrió leve y tierna. Pasó su mano huesuda por mi cabeza, solo sentí un escalofrío sobre mi carne inerte, escuché el trinar de sus huesos cerca a mis orejas. Esa maldita idea de morir me fastidia, me repugna pensar que el sol de hoy, el parque al frente de la casa, mis hijos partiendo para el colegio y los regaños de mi esposa no los volveré a sentir. Grité, pero, nadie en casa me escucho. Deje de luchar. Sentí un sudor frío por mi columna, ella mi esposa, abría la puerta de la habitación.

Imagen libre de derechos / pixabay.com

El saxofón triste

La sombra fría avanza sin detenerse. El viento sacude el follaje de los eucaliptos que desnudos se balancean sobre su tronco, una melodía sorda se confunde con el aire proveniente de algún sitio lejano, atrás de las montañas. Un hombre joven con apariencia de anciano camina por el sendero de piedra, huyendo de los primeros rayos de sol de la mañana que avanza sin reparar en el transcurrir monótono del tiempo. El aire oxidado en un vaivén sin límite acaricia su rostro sudoroso, baja la mirada para esquivar la brisa que en momentos se torna agresiva, el aire en su silbido mortificante zumba en sus oídos, en la lejanía cree escuchar el ritmo melodioso del agua que golpea sin cesar las piedras de algún río oculto entre la maleza. El follaje de los árboles interpreta su sinfonía que no es completa si el aire les falta. Él desconcertado camina de la mano de su saxofón como si fuera un niño al que no se puede descuidar. La sombra se hace más fría con el transcurrir de las horas, ellas confundidas interpretan su propia canción nostálgica. Sus recuerdos lo ahogan en un mar de auto conmiseración, el odio le corroe sus sentimientos, el no haber tenido una novia había destruido su autoestima, su único consuelo el elemento musical, él se había convertido en su compañero y salvador de su desgracia. Estuvo enamorado de una muchacha de su barrio, en la temprana juventud, pero ella murió desconociendo su existencia, él nunca tuvo la oportunidad de acercarse a ella, pues, siempre la vio como a alguien inalcanzable, se sintió poca cosa para ella, eso lo mortificó y lo dejó marcado de por vida. En la soledad de su cuarto aprendió a juntar con gracia las notas musicales, comenzó con una guitarra, pero, terminó enamorado del saxofón, éste le permitía compenetrar su alma, sus emociones y sentimientos en uno solo con el artefacto sonoro, a través de él aprendió a llorar y a manifestar todo su amor por aquella mujer que no conoció. Se hizo uno e inconfundible, quién le escuchaba no podía reconocer entre el instrumento y el intérprete, en las ocasiones que tocaba su herramienta de viento, se podía apreciar la melodía que se escapaba a través de los acordes melancólicos del saxofón, él y su aparato de viento eran uno solo. Los acordes que provenían desde lo más profundo de su alma se mezclaban en armonía con su entorno, el aire que soplaba de las montañas, el sonido del follaje de los árboles, la cadencia del agua en la distancia, con las horas, en un eco sombrío desapareció la voz de la música, mientras, se cubría con un manto de sombra fría que se proyectaba sin pasión sobre el paisaje.

Imagen libre de derechos – pixabay.com

Viaje

No me la quité ni para ir al baño. Se convirtió en mi compañera inseparable durante treinta días, ella se transformó en mis ojos, solo a través de ella podía ver el mundo que me rodeaba nos convertimos en un solo ser. En modo automático o en el manual mi visión comenzó a leer la realidad, a través del visor pude comprender el mundo que me rodeaba, con el ángulo de visión reducido me pude concentrar en los detalles que se aparecían como un mundo nuevo ante mis ojos. La nueva luz me obnubiló se presentó ante mis ojos como un haz luminoso de otro mundo, el frío otoñal se decoró de amarillo durante varias semanas y el obturador de mi corazón capturó aquellas imágenes como testimonio de mi descubrimiento, miré a través de la lente aquel nuevo mundo que se me presentaba virgen ante mi asombro. Nunca supe si era de mañana o de tarde, la noche si la pude reconocer, no me importaban las horas, lo que me importaba era disfrutar de aquel nuevo mundo (aunque estuviera en el viejo mundo). Con ella colgada a mi pecho deambulamos por sus calles de pintura impresionista, respiraba el aire hasta lo profundo de mis pulmones para que no se me olvidara jamás su olor de ciudad eterna, con mi objeto-ojo descubrí cada detalle que no aparece en los libros de historia, un rayo de luz que se cola por una de las esquinas antes de llegar a Notre Dame. A través de mi objeto-ojo me acerco a los detalles mínimos que decoran las puertas de ingreso, allí adentro ella Nuestra Señora. La noche decorada con tímidas luces navideñas titilan en los diferentes edificios como acariciando la noche otoñal, mi visor me permite internarme en los detalles de la oscuridad, una leve llovizna acaricia el pavimento, camino por la acera esquivando a transeúntes de otros mundos, mientras, me interno en las vitrinas de los diferentes negocios que ofrecen productos chinos, cruzó uno de los puentes sobre el río Sena que allá abajo circula manso sosteniendo las embarcaciones repletas de enamorados, al otro lado, paso al barrio latino, allí la oferta de bebidas y comidas traspasa los límites de la realidad. Sentado en un pequeño café un hombre que habla mil idiomas me atiende saludándome en español (¿cómo supo que no hablo francés?). Pido un café y observo a mi alrededor a través de mi visor, de mi objeto-ojo, respiro profundo y por fin sé que he llegado. Sí estoy aquí. Mi sueño hecho realidad. Vuelvo a mirar a través del visor, los negocios iluminados y los camareros invitando a los turistas y comensales a seguir, desde el sitio donde estoy sentado me siento en una torre de babel ¡sí estoy en París! Pruebo mi café y respiro profundo para no olvidar su olor.

Compañera sin igual

Anteojos

Allí sobre la banca brillan ausentes. Desde niño perdí la calidad de la visión y no me di cuenta de la mala calidad visual, hasta cumplir los dieciséis años cuando tuve mi primer examen de ojos con el optómetra del barrio. pensé hasta ese día que el mundo que podía ver a través de mis ojos era el real, lo que me rodeaba lo reconocía por la intuición y las montañas difusas que desde niño me han acompañado, me acostumbré a verlas de esa manera. Aprendí el camino de ida a la escuela casi de memoria, reconocía cada bache del camino de ida y vuelta. Los avisos difusos los reconocía por sus colores mas no por lo que decían. La cara permanecía pegada al cuaderno para poder distinguir lo que escribía y por más que me sentará en la primera fila al frente del tablero verde, no podía distinguir lo que el profesor escribía sobre él con tiza blanca. Mi primera novia me pareció la niña más hermosa del universo, se llamaba Teresa era una niña de ojos azules y cabello rubio, la miraba durante toda la clase con el corazón pegado a la luna, ella era mi gran amor, me gustaba verla en su jardinera de cuadritos rojos y blancos y su diadema de florecitas que adornaban su cabello de oro. Ella como un fantasma se paseaba por el salón de clase y en mis pensamientos pueriles su imagen difusa se me escapaba de mi campo de visión, en el descanso se me perdía en el bullicio de los niños que corrían desesperados por todas partes, cuando veía su imagen borrosa en la distancia corría tras de ella con la mala fortuna que siempre tropezaba con el mismo desnivel del piso y siempre caía de cara contra el pavimento y terminaba en la enfermería de la escuela bajo el cuidado de la profesora de turno. Sentado en el consultorio del optómetra quién me probaba los diferentes lentes buscando mejorar mi calidad de visión —así o mejor este— decía el doctor mientras giraba los diferentes lentes —mejor aquí o mejor acá— insistía, mientras yo detrás de los lentes miraba la cartulina pegada en la pared con el abecedario de diferentes tamaños. A los ocho días me entregaron mis primeras gafas con lentes culo de botella, me tardé algunos días mientras me acostumbré a ellas, caminaba por el parque del barrio y cuando la volvía a ver después de muchos años, allí iba ella con tremendo cuerpo de mujer, la reconocí por su cabello rubio, inconfundible, mi visión 20/20 me permitió observarla en todo detalle por la espalda, pues ella avanzaba de prisa por el parque hacia algún lugar. ¿Teresa? ¿Teresa? la llamé… ¡Teresa! Grité desesperado. Ella miró hacia atrás. Ya no me gustó.

Ventana

Tren

No sé cuántos minutos dormí hacia el final del viaje, pero me pareció una eternidad. Recorrimos mil interminables kilómetros durante la noche, en la litera organizada con cuatro camas, viajábamos tres hombres y un niño, él, hijo tal vez de uno de los caballeros; todos al parecer teníamos diferentes nacionalidades. El tren partió a eso de las siete de la noche, nunca dejó de sonar la maquinaria del aparato pegado a los rieles que parecían interminables. El bullicio de los pasajeros duró poco, algunos comieron un algo, otros se lavaron la boca o hicieron otras necesidades antes de acostarse; al rato el silencio se apoderó del tren y la oscuridad se instaló en su interior. Después de aquel celestial silencio un coro de ronquidos se posesionó del ambiente, algunos sonaban cercanos otros provenían de lejanos lugares. Los pasajeros que viajaban con conocidos conversaban en voz baja, en un siseo molesto que invadía la atmósfera oscura del vagón. No sé en qué momento el sueño me venció y entré en sus profundidades. El hombre que dormía encima de mí cama me despertó, él permaneció sentado durante casi todo el viaje, tomando algún tipo de licor barato, el olor invadió el estrecho lugar. Su pensamiento en voz alta me despertó, hablaba como si nadie le escuchará, en su fuga de la realidad murmuró en voz baja tratando de que nadie le sentirá, y hablando en un francés borracho logré entender algunas palabras: «No debí hacerle caso, nunca le había visto y por esa razón no debía hacerle caso…» Se quedó pensativo en la mudez de su propia ausencia, mientras bebía tragos exagerados de la botella. Maldecía con cada sorbo. Volvió a hablar casi en silencio. «El cerdo valía más de diez euros y el español hijo de puta lo sabía, me hizo venderlo a la mitad de su precio…» Volvió a maldecir y luego con rabia dijo: «¿Quién diablos iba a saber que el puto cerdo era mágico? Tres años criándolo y nunca me dio muestras de sus cualidades increíbles…» Se quedó en silencio por un rato, pensé que ahora sí podría dormir. Ingirió su bebida con tal despecho que el vagón se inundó de tristeza, al rato lloró desconsolado parecía el diluvio del fin del mundo. Quise decirle algunas palabras de consuelo, pero no las encontré. Volvió hablar casi sin abrir los labios: ¿Yo qué iba a saber que acariciándole el lomo y pidiendo un deseo, este se hacía realidad…? Volvió a llorar, esta vez como un niño que ha perdido su pelota de juego. Dijo algo así como: «Más vale habérmelo comido antes que descubrir tan atroz secreto… es que… no puedo olvidar como el hombre que viene con el niño en el otro camarote me ofreció tres euros por el animal, ¡que portugués tan descarado! —bajó de nuevo el tono de su voz como si sintiera que lo escuchaban— El español fue el que me convenció que le recibiera los cuatro con cincuenta, ¡cómo me arrepiento! Si hubiera conocido el secreto del animal no estaría aquí lamentando mi desgracia. Bueno qué más da —dijo con resignación—, el animal ya no es mío y el dinero de la venta se me fue en bebida.

Estación tren, Tigre – Argentina

Despedida

En memoria

Ester Puerta

«…has partido, una luz que sigue su camino.»

Oliva Ríos

Su partida ha dejado un vacío. Frase de cajón o como dirían los expertos en corrección «un lugar común», eso no importa, porque en la realidad ha dejado un vacío a sus seres queridos y a nosotros los integrantes de Taller 8. Ester ha dejado el mundo material para trascender más allá de la misma vida. Se ha quedado a vivir en los textos que escribió como ficción a partir de su experiencia con la realidad. De sus vivencias como mujer y abogada que conoció de primera mano los ríos de sangre que bañan este país.

Ella vive en la palabra que dejó escrita.

El lunes 23 de noviembre Ester escribió un mensaje en WhatsApp respondiendo mi inquietud sobre su salud, en ese momento no comprendí, ella escribió: «En proceso de espera para trascender.»

No olvido el día 4 en el que se nos informo de la nefasta noticia, escribía Carolina su hija en el WhatsApp de Taller 8: «Contándoles que falleció esta madrugada. Se fue mi mamá, pero se fue ligera, serena, feliz, libre y en paz.» Desde entonces no he tenido el valor de escribir, ha sido una manera sencilla de expresar mi dolor de amigo, no un amigo de años o de toda la vida, tan solo un amigo de hace poco tiempo, un recién conocido a través de las letras, que gracias a Taller 8 y a Pablito tuvimos la fortuna de conocer. En un comienzo en el rol de esposa y anfitriona de nuestras celebraciones como grupo de lectura y escritura, y luego como amiga y escritora miembro de Taller 8. Una mujer reservada y atenta, pendiente de que no le faltará nada a sus invitados, nos recibió en su casa del barrio La Esmeralda con afecto y fraternidad desde nuestra primera visita.  No recuerdo fechas, recuerdo momentos grabados en el aire del olvido o como dejó por escrito ella misma en un mensaje póstumo para sus allegados: «El instante es el común denominador de la vida. La suma de los instantes constituye un millonario vivencial para al final trascender.»

Una mujer con variados dones como lo expresó su hija en las palabras de despedida, aquel lunes bañado de tristeza a través de Internet. Sí, abogada, pintora y una gran escritora. La escritura acerco nuestros caminos y doy gracias a la vida por haber tenido la fortuna de conocer a esta mujer, no en su integridad, pero sí, en algunos aspectos ya manifestados en este escrito. Deseo recordar su entusiasmo con las diferentes actividades propuestas por Taller 8, talvez recuerdo, en una sola ocasión y por motivos de salud dejó de hacer el ejercicio propuesto, puedo estar equivocado, porque siempre cumplió con escribir y pedir la opinión de sus compañeros acerca de sus escritos. Un detalle, siempre solicitó ayuda con los títulos para sus textos. No puedo dejar pasar por alto su honesta actitud frente al acto de escribir, frente al acto de vivir. Escritura y vida van entrelazadas mientras se respira. Ester nos comentaba las anécdotas detrás de cada escrito, mal no recuerdo, aprovechaba la espera en algunos consultorios médicos en tanto el dolor la acompañaba, para escribir antes de la llamada a control.

En el peor momento de mi vida con la esperanza perdida, ella con fortaleza y franqueza me hizo varias sugerencias que me ayudaron a salir de aquel fango de autoconmiseración. Directa, pero con amor me indico el camino de salida de aquel túnel oscuro de mi vida. No olvido su voz de aliento y su constante apoyo, sin palabras melosas ni hipocresía, siempre conté con su apoyo incondicional.

El aire que ocupaba ––hoy–– esta vacío, pero, nos han quedado sus escritos, en ellos trasciende el espíritu de la autora, allí en las páginas que ha legado para futuras generaciones sigue viviendo ella: la mujer, la madre, la esposa, la amiga, la abogada, la escritora. Escritos que manifiestan realidades de su mundo interior, del dolor causado por la enfermedad, su lucha sin dar el brazo a torcer al cáncer, las anécdotas de su vida y esa tragedia de patria que ella conoció en carne viva, historias guardadas en la memoria de las páginas no escritas.

Gracias Ester por tu vida. 

Jesús Rodríguez, diciembre 18 de 2020

Tan frágil como una hoja / Imagen libre de derechos / pixabay.com

Descubriendo a mis poetas

En una tarde lluviosa escarbo los anaqueles de la Librería Lerner. Me encuentro con los libros de aquellos autores que algún día en el pasado soñé tener. En aquel pasado de carencias y sueños frustrados. Hoy, allí en medio de ese millón de libros y autores deseados, mis ojos curiosos y ansiosos buscan «algún tesorito» mientras mi cabello y ropa se secan. Son de las tres de la tarde y la Negra también se pierde en la sección de manualidades, a ella le fascina ese mundo y se deja llevar por la creatividad. En tanto, con mi vista recorro los lomos de los libros y viene a mi memoria el montón de libros que me esperan sobre la mesa de trabajo en casa:

La poesía completa del español Miguel Hernández, con la sencillez de su lenguaje y su lucha en plena guerra civil española y su muerte por abandono en pleno cautiverio, no lo fusilaron porque la Guardia Civil Española no quería cargar a cuestas con dos poetas fusilados, Federico García Lorca y el poeta pastoril.

Sobre la mesa de trabajo La Antología en Verso y Prosa de Gabriela Mistral, en una hermosa edición de la Real Academia Española de la Lengua. Mujer poeta, mujer vida, mujer premio Nobel de literatura en el año de 1945, sus poemas son la voz femenina de América. Voz de la maestra de escuela nacida en campo chileno, despreciada y luego amada.

La realidad y el deseo de Luis Cernuda. El poeta español que completa la tríada de los escritores fundamentales y universales de nuestra lengua, junto con Miguel Hernández y Federico García Lorca, en ellos tres se basa mi inspiración, en ellos mi alma se nutre. Los poemas de Cernuda le cantan al amor, al amor imposible, al inalcanzable, su vida es un poema.

Del Símbolo a la Realidad de Rubén Darío. Una hermosa antología en edición conmemorativa de la Real academia Española de la Lengua. Rubén Darío también conocido como «El poeta de América». Me alimento como lector de su poesía, poeta modernista sin igual, le canto al amor y a los amores imposibles, al desamor.

La tarde sigue oscura y fría, de los pensamientos regreso a la librería, en mis manos un hermoso libro rojo. Friedrich Nietzsche, poesía completa. Se lo muestro con alegría a la Negra y me hace cara de pocos amigos y me dice con un tono de reto: ¿A caso no sabes cuál era el pensamiento de Nietzsche? Aprieto el libro en mis manos y le contesto: Sí. Aunque con ignorancia. No escucho la razón que ella me da y me dirijo a la caja.

Aprieto el libro rojo entre mis manos, mientras esperamos el transporte que nos lleve a casa. Sigue lloviendo en la oscuridad.

Pasados los días y con el recuerdo de esa tarde lluviosa en la Librería Lerner y con el sol brillante de verano golpeando desde lo alto y sentado al lado del inmenso mar, del mar llamado de los siete colores, en sus playas y entre mis manos el libro rojo, el sonido de las olas me acompañan mientras leo la poesía de Nietzsche, me encuentro con el poeta, no con el hombre o el famoso libre-pensador, sí con el poeta que también se enamoro y sufrió la decepción y el rechazo del amor de su vida o de aquellos amores, pues, no fue un solo amor. En sus versos dejó testimonio de su manera particular de ver el mundo, en ellos, reflejó su forma de pensar, dónde la ironía jugó un papel importante. La soledad también se inmortalizó en sus poemas. La demencia lo acompañó en sus últimos años de vida.

Jesús Rodríguez

09/12/2019

Mi estadio interior

El primer día que llegué a la escuela de futbol, allá por el año de 1981, al bajarme del bus, al frente del parque, me caí ––casi me mato––, era tal la emoción que no esperé a que el bus se detuviera y me bajé. El mundo de me dio vueltas, toda mi perspectiva cambió, la sensación fue la misma, comparable, al último día que fui a la escuela de fútbol. 

Una mañana fría del año 1984, caía esa «minuciosa lluvia» de los poemas de Borges, me llamó a un lado de la cancha el «Profe», mis compañeros gritaban en el fondo pidiendo la pelota, se escuchaba el golpe de los guayos sobre el cuero del balón y la grama húmeda chillaba con el peso de los jugadores. Olía a sudor a camiseta mojada. «Sabe que ––me dijo el Profe–– dedíquese a jugar canicas». Y con sus ojos claros que vieron la primera copa, como campeón del fútbol colombiano con el Independiente Santa Fe, me indico con un frío silencio que me fuera y no volviera. En ese instante se acabaron mis sueños de futbolista y todas esas mañanas viajando en bus de punta a punta de la ciudad, buscando ese sueño que no se cumplió. Los últimos cuatro años los había dedicado a las prácticas en la escuela. Y terminé echado como un perro que busca migajas en el piso del restaurante. Tremendo golpe para mi vida. Como todo joven pobre buscaba a través de la práctica del fútbol salir de aquella pobreza que me alimentaba a diario. Mis compañeros quedaron en la cancha gritando, pidiendo la pelota, yo avanzaba hacia un futuro incierto, de alguna manera, la escuela se había convertido en ese hogar que me era esquivo. Un tímido rayo de sol cruzaba la llovizna.

Me convertí en hincha. Un número infinito de domingos me refugié en el estadio, las semanas se me antojaban eternas, pues, el domingo se convirtió en mi obsesión, los partidos por lo general los programaban para las tres y cuarto de la tarde, yo desde la una ya estaba sentado en la tribuna sur. Casi nunca vi ganar a mi equipo, muy pocas veces lograba el triunfo, hubo una época que fue buena, cuando tuvimos al goleador del campeonato colombiano, un argentino de apellido Gottardi, tal vez ese fue mi mejor momento como hincha. El estadio se convirtió en mi segunda casa, pero, me cansé de tanto marihuanero, borracho y desadaptado que se habían convertido en mis compañeros de tribuna y Santa Fe no veía ni una, perdí el entusiasmo y algún domingo que no recuerdo dejé de asistir al estadio hasta la fecha de hoy, casi treinta años o más o menos, no importa. Ya ni por televisión sigo las partidos, ni los resúmenes de los noticieros me interesan.

Mi sueño de futbolista se desvaneció como una quimera. Pero, me abrió otras puertas que la vida misma me ha ido indicando con paciencia.

Jesús Alfredo Rodríguez T, noviembre 15 de 2020

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