Descubriendo a mis poetas

En una tarde lluviosa escarbo los anaqueles de la Librería Lerner. Me encuentro con los libros de aquellos autores que algún día en el pasado soñé tener. En aquel pasado de carencias y sueños frustrados. Hoy, allí en medio de ese millón de libros y autores deseados, mis ojos curiosos y ansiosos buscan «algún tesorito» mientras mi cabello y ropa se secan. Son de las tres de la tarde y la Negra también se pierde en la sección de manualidades, a ella le fascina ese mundo y se deja llevar por la creatividad. En tanto, con mi vista recorro los lomos de los libros y viene a mi memoria el montón de libros que me esperan sobre la mesa de trabajo en casa:

La poesía completa del español Miguel Hernández, con la sencillez de su lenguaje y su lucha en plena guerra civil española y su muerte por abandono en pleno cautiverio, no lo fusilaron porque la Guardia Civil Española no quería cargar a cuestas con dos poetas fusilados, Federico García Lorca y el poeta pastoril.

Sobre la mesa de trabajo La Antología en Verso y Prosa de Gabriela Mistral, en una hermosa edición de la Real Academia Española de la Lengua. Mujer poeta, mujer vida, mujer premio Nobel de literatura en el año de 1945, sus poemas son la voz femenina de América. Voz de la maestra de escuela nacida en campo chileno, despreciada y luego amada.

La realidad y el deseo de Luis Cernuda. El poeta español que completa la tríada de los escritores fundamentales y universales de nuestra lengua, junto con Miguel Hernández y Federico García Lorca, en ellos tres se basa mi inspiración, en ellos mi alma se nutre. Los poemas de Cernuda le cantan al amor, al amor imposible, al inalcanzable, su vida es un poema.

Del Símbolo a la Realidad de Rubén Darío. Una hermosa antología en edición conmemorativa de la Real academia Española de la Lengua. Rubén Darío también conocido como «El poeta de América». Me alimento como lector de su poesía, poeta modernista sin igual, le canto al amor y a los amores imposibles, al desamor.

La tarde sigue oscura y fría, de los pensamientos regreso a la librería, en mis manos un hermoso libro rojo. Friedrich Nietzsche, poesía completa. Se lo muestro con alegría a la Negra y me hace cara de pocos amigos y me dice con un tono de reto: ¿A caso no sabes cuál era el pensamiento de Nietzsche? Aprieto el libro en mis manos y le contesto: Sí. Aunque con ignorancia. No escucho la razón que ella me da y me dirijo a la caja.

Aprieto el libro rojo entre mis manos, mientras esperamos el transporte que nos lleve a casa. Sigue lloviendo en la oscuridad.

Pasados los días y con el recuerdo de esa tarde lluviosa en la Librería Lerner y con el sol brillante de verano golpeando desde lo alto y sentado al lado del inmenso mar, del mar llamado de los siete colores, en sus playas y entre mis manos el libro rojo, el sonido de las olas me acompañan mientras leo la poesía de Nietzsche, me encuentro con el poeta, no con el hombre o el famoso libre-pensador, sí con el poeta que también se enamoro y sufrió la decepción y el rechazo del amor de su vida o de aquellos amores, pues, no fue un solo amor. En sus versos dejó testimonio de su manera particular de ver el mundo, en ellos, reflejó su forma de pensar, dónde la ironía jugó un papel importante. La soledad también se inmortalizó en sus poemas. La demencia lo acompañó en sus últimos años de vida.

Jesús Rodríguez

09/12/2019

Mi estadio interior

El primer día que llegué a la escuela de futbol, allá por el año de 1981, al bajarme del bus, al frente del parque, me caí ––casi me mato––, era tal la emoción que no esperé a que el bus se detuviera y me bajé. El mundo de me dio vueltas, toda mi perspectiva cambió, la sensación fue la misma, comparable, al último día que fui a la escuela de fútbol. 

Una mañana fría del año 1984, caía esa «minuciosa lluvia» de los poemas de Borges, me llamó a un lado de la cancha el «Profe», mis compañeros gritaban en el fondo pidiendo la pelota, se escuchaba el golpe de los guayos sobre el cuero del balón y la grama húmeda chillaba con el peso de los jugadores. Olía a sudor a camiseta mojada. «Sabe que ––me dijo el Profe–– dedíquese a jugar canicas». Y con sus ojos claros que vieron la primera copa, como campeón del fútbol colombiano con el Independiente Santa Fe, me indico con un frío silencio que me fuera y no volviera. En ese instante se acabaron mis sueños de futbolista y todas esas mañanas viajando en bus de punta a punta de la ciudad, buscando ese sueño que no se cumplió. Los últimos cuatro años los había dedicado a las prácticas en la escuela. Y terminé echado como un perro que busca migajas en el piso del restaurante. Tremendo golpe para mi vida. Como todo joven pobre buscaba a través de la práctica del fútbol salir de aquella pobreza que me alimentaba a diario. Mis compañeros quedaron en la cancha gritando, pidiendo la pelota, yo avanzaba hacia un futuro incierto, de alguna manera, la escuela se había convertido en ese hogar que me era esquivo. Un tímido rayo de sol cruzaba la llovizna.

Me convertí en hincha. Un número infinito de domingos me refugié en el estadio, las semanas se me antojaban eternas, pues, el domingo se convirtió en mi obsesión, los partidos por lo general los programaban para las tres y cuarto de la tarde, yo desde la una ya estaba sentado en la tribuna sur. Casi nunca vi ganar a mi equipo, muy pocas veces lograba el triunfo, hubo una época que fue buena, cuando tuvimos al goleador del campeonato colombiano, un argentino de apellido Gottardi, tal vez ese fue mi mejor momento como hincha. El estadio se convirtió en mi segunda casa, pero, me cansé de tanto marihuanero, borracho y desadaptado que se habían convertido en mis compañeros de tribuna y Santa Fe no veía ni una, perdí el entusiasmo y algún domingo que no recuerdo dejé de asistir al estadio hasta la fecha de hoy, casi treinta años o más o menos, no importa. Ya ni por televisión sigo las partidos, ni los resúmenes de los noticieros me interesan.

Mi sueño de futbolista se desvaneció como una quimera. Pero, me abrió otras puertas que la vida misma me ha ido indicando con paciencia.

Jesús Alfredo Rodríguez T, noviembre 15 de 2020

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El imperio del presente

 El dolor sostiene mis emociones, mis sentimientos y la memoria fallida,
 antes, desorientado me dejaba llevar por los caminos de la vida.
 Por innumerables senderos mis pies han transitado,
 todas las etapas de la existencia humana, por mi han cruzado;
 sólo me falta disfrutar de la ansiada vejez,
 esperando no pasar todo el momento, frente a un ajedrez.
 Tengo la edad equivalente o aproximada al tiempo,
 que ha durado la guerra en este país como un pasatiempo;
 desastres naturales que han impactado los recuerdos,
 desestabilizando las emociones de los hombres más cuerdos.
 He nadado en ríos de alcohol, hasta perder la razón,
 afectando los sentimientos, las emociones y el corazón,
 de aquellos que me han amado sin ninguna restricción,
 con ellos, he logrado salir adelante superando la adicción.
 A compañeros de la vida he despedido, se han marchado,
 dejando ellos un profundo vacío, que jamás será llenado.
 Otros que no han huido, con ellos hoy, no compartimos,
 sin recuerdos de aquellos lejanos instantes, olvidamos lo que fuimos.
 Con pequeños detalles la felicidad y la alegría me han cortejado,
 ver un partido de fútbol, leer un libro, caminar por el bosque he disfrutado;
 cogidos de la mano salir con mi esposa al mundo, todos los días,
 son detalles que conservo y no los cambio, esas imágenes son solo mías.
 Vivo el día a día como si fuera el último de mi vida, hoy
 no tengo segundas oportunidades, vivo el presente «solo por hoy», 
 esa es mi realidad, no olvido el pasado, lección aprendida;
 al pasado no le tengo miedo, al futuro tampoco, disfruto de la vida…
 Jesús Rodríguez 09/08/2018 
Imagen libre de derechos / pixabay.com

LA CASA DE GUADUA

CRÓNICA DE UN MOMENTO A TRAVÉS DE UNA FOTOGRAFÍA

Desde el encierro

Fotografía: Con mi hermana Aurora, año 1969

La imagen que aparece sobre estas líneas es una fotografía que me gustaba mirar cuando abría el albúm familiar siendo un niño. La imagen fue tomada en el potrero que lindaba con la casa, se observa la cerca de guadua que separaba la propiedad del vecindario. Con el sol del atardecer aparecemos con mi hermana Aurora, ella estaba pequeñita en el instante de la toma fotográfica, yo un año y medio más grande.

1969, un año de avances para la humanidad con el hombre conquistando la luna, Neil Armstrong colocaba el pie sobre la superficie lunar logro alcanzado con la mítica nave Apolo 11. Se dieron avances tecnológicos en diversos campos, es así que, en este año nace el Internet. A partir del 15 de agosto en las cercanías de la población de Woodstock se reunía medio millón de personas para celebrar la libertad, el sexo, las drogas y el rock-and-roll durante cuatro días al lado de Jimi Hendrix y otros. Protestas con marchas en contra de la guerra en Vietnam en diferentes ciudades; ese mismo año aparece la histórica serie de la televisión infantil Plaza Sésamo. El 9 de febrero un día antes del nacimiento de mi hermana se realizó el primer vuelo de un Boeing 747. El país era gobernado por el Presidente Carlos Lleras Restrepo que representaba al partido liberal, estaba a un año de terminar su mandato y como Alcaldes de Bogotá terminaba su período de gobierno Virgilio Barco Vargas y comenzaba Emilio Urrea Delgado, alcaldes de una ciudad que comenzaba avanzar en un lento progreso, aún por sus calles transitaban hombres de ruana y sombrero, otros de vestido y corbata. En el fútbol colombiano ese año se coronaba campeón el Deportivo Cali y el subcampeón el América de Cali. En la música del mundo se escuchaba Hey Jude Revolution, The Beatles. El rock musical estaba transformando la sociedad burguesa bogotana, se imponía el Rock Psicodélico con un sonido complejo, con cambios de ritmo, tonalidades, de tiempos, era la música de moda en el sector de Chapinero, aunque había una lucha entre diferentes géneros musicales por imponer la moda en la fría capital. En el arte colombiano de esta época se asomaban aires de modernidad expresado a través de las obras de Fernando Botero, Alejandro Obregón, Carlos Granada, Enrique Grau, entre otros, en la fotografía se posesionaba Hernán Díaz, en la escultura Eduardo Rámirez Villamizar y Edgar Negret. En la literatura latinoaméricana el escritor peruano Mario Vargas Llosa publicaba Conversación en la cátedral. El escritor cubano Reinaldo Arenas publicaba su segunda novela y una de las más conocidas El mundo alucinante, donde se narra la historia de un fraile mexicano perseguido y desterrado. Mario Puzo, el escritor estadounidense de descendencia italiana publicaba su célebre obra El padrino, por primera vez una novela es protagonizada por la mafia. En mundo literario fallecé el escritor venezolano Rómulo Gallegos a los 85 años recordado por su novela Doña Bárbara. En Bogotá fallecía el 10 de mayo el escritor, poeta y periodista Jorge Zalámea que había nacido en 1905, una de sus obras representativas El sueño de las escalinatas, con relación a la poesía pensaba: El poema es la voz universal (porque es la de todos) que denuncia la miseria impuesta y reclama los derechos usurpados; por eso un poema que sucede en la India, sucede en cualquier parte del mundo, decía.

Esta fotografía con mi hermana Aurora es un hermoso recuerdo de ese comenzar a la vida, en ese instante que la cámara fotográfica capturó la luz o como dirían otros «nos robo el alma», éramos inconscientes de todo lo que sucedía a nuestro alrededor, de seguro, lo más cercano era el amor de mamá, en lo demás no participábamos de forma directa, aunque, esos cambios y esos sucesos ocurridos por aquella época hoy nos afectan directamente y hacen parte de nuestra vida diaria. Mi hermana o mis dos hermanas, Blanca Lilia no había nacido, son mi sorpote emocional y han sido un apoyo en los momentos más dificiles de mi vida, incluído mi período alcohólico que duró veinte años. Nuestra comunicación siempre ha sido desde la comprensión y el respeto, hoy que la pandemia ha afectado a gran parte de la humanidad nuestra relación es más fuerte y solidaria. Mamá tampoco aparece en la fotografía pero ella es un motor vital para seguir creyendo en la vida, hoy más que nunca, en tiempos de crisis.

Hemos tenido que despedir durante nuestra vida a seres queridos que por su edad habían cumplido con su tarea y me refiero a mis cuatro abuelos, cuatro seres diferentes pero, que me aportaron a través de sus historias imaginación y creatividad, tuvimos que despedir con tristeza a la tía Elvia nuestro soporte en tiempos de hambre y abandono. Otros familiares cercanos se han marchado por diferentes circunstancias, y que por su lejanía, el dolor de despedirlos fue soportable.

Para terminar, deseo compartir un fragmento de uno de mis últimos relatos titulado Esos pequeños seres, líneas que evocan la imagen que ilustra esta crónica:

«La casa se quedó en la montaña, abrigo y protección de mi madre y mis hermanas, casa vestida de noches y de días de recuerdos de risas y dolores, su tejado de estrellas y de flores, en su patio nace todos los días un lluvioso arco iris. La mujer morena y alta que su cabeza llegaba al cielo, hoy es una mujer de setenta y cinco años con nietos y biznietos; bajita, morenita y en su taller una máquina de coser con la que cose sus propios recuerdos.»

JESÚS ALFREDO RODRÍGUEZ TORRES

BOGOTÁ, D.C., AGOSTO 8 DE 2020