Mi estadio interior

El primer día que llegué a la escuela de futbol, allá por el año de 1981, al bajarme del bus, al frente del parque, me caí ––casi me mato––, era tal la emoción que no esperé a que el bus se detuviera y me bajé. El mundo de me dio vueltas, toda mi perspectiva cambió, la sensación fue la misma, comparable, al último día que fui a la escuela de fútbol. 

Una mañana fría del año 1984, caía esa «minuciosa lluvia» de los poemas de Borges, me llamó a un lado de la cancha el «Profe», mis compañeros gritaban en el fondo pidiendo la pelota, se escuchaba el golpe de los guayos sobre el cuero del balón y la grama húmeda chillaba con el peso de los jugadores. Olía a sudor a camiseta mojada. «Sabe que ––me dijo el Profe–– dedíquese a jugar canicas». Y con sus ojos claros que vieron la primera copa, como campeón del fútbol colombiano con el Independiente Santa Fe, me indico con un frío silencio que me fuera y no volviera. En ese instante se acabaron mis sueños de futbolista y todas esas mañanas viajando en bus de punta a punta de la ciudad, buscando ese sueño que no se cumplió. Los últimos cuatro años los había dedicado a las prácticas en la escuela. Y terminé echado como un perro que busca migajas en el piso del restaurante. Tremendo golpe para mi vida. Como todo joven pobre buscaba a través de la práctica del fútbol salir de aquella pobreza que me alimentaba a diario. Mis compañeros quedaron en la cancha gritando, pidiendo la pelota, yo avanzaba hacia un futuro incierto, de alguna manera, la escuela se había convertido en ese hogar que me era esquivo. Un tímido rayo de sol cruzaba la llovizna.

Me convertí en hincha. Un número infinito de domingos me refugié en el estadio, las semanas se me antojaban eternas, pues, el domingo se convirtió en mi obsesión, los partidos por lo general los programaban para las tres y cuarto de la tarde, yo desde la una ya estaba sentado en la tribuna sur. Casi nunca vi ganar a mi equipo, muy pocas veces lograba el triunfo, hubo una época que fue buena, cuando tuvimos al goleador del campeonato colombiano, un argentino de apellido Gottardi, tal vez ese fue mi mejor momento como hincha. El estadio se convirtió en mi segunda casa, pero, me cansé de tanto marihuanero, borracho y desadaptado que se habían convertido en mis compañeros de tribuna y Santa Fe no veía ni una, perdí el entusiasmo y algún domingo que no recuerdo dejé de asistir al estadio hasta la fecha de hoy, casi treinta años o más o menos, no importa. Ya ni por televisión sigo las partidos, ni los resúmenes de los noticieros me interesan.

Mi sueño de futbolista se desvaneció como una quimera. Pero, me abrió otras puertas que la vida misma me ha ido indicando con paciencia.

Jesús Alfredo Rodríguez T, noviembre 15 de 2020

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