Tren

No sé cuántos minutos dormí hacia el final del viaje, pero me pareció una eternidad. Recorrimos mil interminables kilómetros durante la noche, en la litera organizada con cuatro camas, viajábamos tres hombres y un niño, él, hijo tal vez de uno de los caballeros; todos al parecer teníamos diferentes nacionalidades. El tren partió a eso de las siete de la noche, nunca dejó de sonar la maquinaria del aparato pegado a los rieles que parecían interminables. El bullicio de los pasajeros duró poco, algunos comieron un algo, otros se lavaron la boca o hicieron otras necesidades antes de acostarse; al rato el silencio se apoderó del tren y la oscuridad se instaló en su interior. Después de aquel celestial silencio un coro de ronquidos se posesionó del ambiente, algunos sonaban cercanos otros provenían de lejanos lugares. Los pasajeros que viajaban con conocidos conversaban en voz baja, en un siseo molesto que invadía la atmósfera oscura del vagón. No sé en qué momento el sueño me venció y entré en sus profundidades. El hombre que dormía encima de mí cama me despertó, él permaneció sentado durante casi todo el viaje, tomando algún tipo de licor barato, el olor invadió el estrecho lugar. Su pensamiento en voz alta me despertó, hablaba como si nadie le escuchará, en su fuga de la realidad murmuró en voz baja tratando de que nadie le sentirá, y hablando en un francés borracho logré entender algunas palabras: «No debí hacerle caso, nunca le había visto y por esa razón no debía hacerle caso…» Se quedó pensativo en la mudez de su propia ausencia, mientras bebía tragos exagerados de la botella. Maldecía con cada sorbo. Volvió a hablar casi en silencio. «El cerdo valía más de diez euros y el español hijo de puta lo sabía, me hizo venderlo a la mitad de su precio…» Volvió a maldecir y luego con rabia dijo: «¿Quién diablos iba a saber que el puto cerdo era mágico? Tres años criándolo y nunca me dio muestras de sus cualidades increíbles…» Se quedó en silencio por un rato, pensé que ahora sí podría dormir. Ingirió su bebida con tal despecho que el vagón se inundó de tristeza, al rato lloró desconsolado parecía el diluvio del fin del mundo. Quise decirle algunas palabras de consuelo, pero no las encontré. Volvió hablar casi sin abrir los labios: ¿Yo qué iba a saber que acariciándole el lomo y pidiendo un deseo, este se hacía realidad…? Volvió a llorar, esta vez como un niño que ha perdido su pelota de juego. Dijo algo así como: «Más vale habérmelo comido antes que descubrir tan atroz secreto… es que… no puedo olvidar como el hombre que viene con el niño en el otro camarote me ofreció tres euros por el animal, ¡que portugués tan descarado! —bajó de nuevo el tono de su voz como si sintiera que lo escuchaban— El español fue el que me convenció que le recibiera los cuatro con cincuenta, ¡cómo me arrepiento! Si hubiera conocido el secreto del animal no estaría aquí lamentando mi desgracia. Bueno qué más da —dijo con resignación—, el animal ya no es mío y el dinero de la venta se me fue en bebida.

Estación tren, Tigre – Argentina

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