Viaje

No me la quité ni para ir al baño. Se convirtió en mi compañera inseparable durante treinta días, ella se transformó en mis ojos, solo a través de ella podía ver el mundo que me rodeaba nos convertimos en un solo ser. En modo automático o en el manual mi visión comenzó a leer la realidad, a través del visor pude comprender el mundo que me rodeaba, con el ángulo de visión reducido me pude concentrar en los detalles que se aparecían como un mundo nuevo ante mis ojos. La nueva luz me obnubiló se presentó ante mis ojos como un haz luminoso de otro mundo, el frío otoñal se decoró de amarillo durante varias semanas y el obturador de mi corazón capturó aquellas imágenes como testimonio de mi descubrimiento, miré a través de la lente aquel nuevo mundo que se me presentaba virgen ante mi asombro. Nunca supe si era de mañana o de tarde, la noche si la pude reconocer, no me importaban las horas, lo que me importaba era disfrutar de aquel nuevo mundo (aunque estuviera en el viejo mundo). Con ella colgada a mi pecho deambulamos por sus calles de pintura impresionista, respiraba el aire hasta lo profundo de mis pulmones para que no se me olvidara jamás su olor de ciudad eterna, con mi objeto-ojo descubrí cada detalle que no aparece en los libros de historia, un rayo de luz que se cola por una de las esquinas antes de llegar a Notre Dame. A través de mi objeto-ojo me acerco a los detalles mínimos que decoran las puertas de ingreso, allí adentro ella Nuestra Señora. La noche decorada con tímidas luces navideñas titilan en los diferentes edificios como acariciando la noche otoñal, mi visor me permite internarme en los detalles de la oscuridad, una leve llovizna acaricia el pavimento, camino por la acera esquivando a transeúntes de otros mundos, mientras, me interno en las vitrinas de los diferentes negocios que ofrecen productos chinos, cruzó uno de los puentes sobre el río Sena que allá abajo circula manso sosteniendo las embarcaciones repletas de enamorados, al otro lado, paso al barrio latino, allí la oferta de bebidas y comidas traspasa los límites de la realidad. Sentado en un pequeño café un hombre que habla mil idiomas me atiende saludándome en español (¿cómo supo que no hablo francés?). Pido un café y observo a mi alrededor a través de mi visor, de mi objeto-ojo, respiro profundo y por fin sé que he llegado. Sí estoy aquí. Mi sueño hecho realidad. Vuelvo a mirar a través del visor, los negocios iluminados y los camareros invitando a los turistas y comensales a seguir, desde el sitio donde estoy sentado me siento en una torre de babel ¡sí estoy en París! Pruebo mi café y respiro profundo para no olvidar su olor.

Compañera sin igual

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