Esa maldita idea

«—Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto.»

Gabriel García Márquez, La tercera resignación

Esa maldita idea de morir, después de estar muerto. Ayer en la madrugada llegó ella vestida en su traje negro y su mirada profunda, como una noche sin estrellas. Oscura. La habitación se ensombreció y todo se marchitó con su llegada. Me dijo con su voz de ultratumba que me quedara tranquilo, que ella no tenía afán y que yo ya había dejado los afanes en la noche anterior. Quise levantarme pero mi cuerpo no respondió, no sentí mis manos, las piernas parecían no estar donde siempre estuvieron, sí estaba paralizado de cabeza a pies. Vino a mi memoria por un instante aquellos días soleados cuando caminábamos por el bosque. Los cuatro, juntos, no dejábamos de reír. Los paseos por el lago, los viajes al mar, los recuerdos se desvanecieron con el olor a muerte que inundaba mi cuarto. Ella sonrió leve y tierna. Pasó su mano huesuda por mi cabeza, solo sentí un escalofrío sobre mi carne inerte, escuché el trinar de sus huesos cerca a mis orejas. Esa maldita idea de morir me fastidia, me repugna pensar que el sol de hoy, el parque al frente de la casa, mis hijos partiendo para el colegio y los regaños de mi esposa no los volveré a sentir. Grité, pero, nadie en casa me escucho. Deje de luchar. Sentí un sudor frío por mi columna, ella mi esposa, abría la puerta de la habitación.

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