Despedida

En memoria

Ester Puerta

«…has partido, una luz que sigue su camino.»

Oliva Ríos

Su partida ha dejado un vacío. Frase de cajón o como dirían los expertos en corrección «un lugar común», eso no importa, porque en la realidad ha dejado un vacío a sus seres queridos y a nosotros los integrantes de Taller 8. Ester ha dejado el mundo material para trascender más allá de la misma vida. Se ha quedado a vivir en los textos que escribió como ficción a partir de su experiencia con la realidad. De sus vivencias como mujer y abogada que conoció de primera mano los ríos de sangre que bañan este país.

Ella vive en la palabra que dejó escrita.

El lunes 23 de noviembre Ester escribió un mensaje en WhatsApp respondiendo mi inquietud sobre su salud, en ese momento no comprendí, ella escribió: «En proceso de espera para trascender.»

No olvido el día 4 en el que se nos informo de la nefasta noticia, escribía Carolina su hija en el WhatsApp de Taller 8: «Contándoles que falleció esta madrugada. Se fue mi mamá, pero se fue ligera, serena, feliz, libre y en paz.» Desde entonces no he tenido el valor de escribir, ha sido una manera sencilla de expresar mi dolor de amigo, no un amigo de años o de toda la vida, tan solo un amigo de hace poco tiempo, un recién conocido a través de las letras, que gracias a Taller 8 y a Pablito tuvimos la fortuna de conocer. En un comienzo en el rol de esposa y anfitriona de nuestras celebraciones como grupo de lectura y escritura, y luego como amiga y escritora miembro de Taller 8. Una mujer reservada y atenta, pendiente de que no le faltará nada a sus invitados, nos recibió en su casa del barrio La Esmeralda con afecto y fraternidad desde nuestra primera visita.  No recuerdo fechas, recuerdo momentos grabados en el aire del olvido o como dejó por escrito ella misma en un mensaje póstumo para sus allegados: «El instante es el común denominador de la vida. La suma de los instantes constituye un millonario vivencial para al final trascender.»

Una mujer con variados dones como lo expresó su hija en las palabras de despedida, aquel lunes bañado de tristeza a través de Internet. Sí, abogada, pintora y una gran escritora. La escritura acerco nuestros caminos y doy gracias a la vida por haber tenido la fortuna de conocer a esta mujer, no en su integridad, pero sí, en algunos aspectos ya manifestados en este escrito. Deseo recordar su entusiasmo con las diferentes actividades propuestas por Taller 8, talvez recuerdo, en una sola ocasión y por motivos de salud dejó de hacer el ejercicio propuesto, puedo estar equivocado, porque siempre cumplió con escribir y pedir la opinión de sus compañeros acerca de sus escritos. Un detalle, siempre solicitó ayuda con los títulos para sus textos. No puedo dejar pasar por alto su honesta actitud frente al acto de escribir, frente al acto de vivir. Escritura y vida van entrelazadas mientras se respira. Ester nos comentaba las anécdotas detrás de cada escrito, mal no recuerdo, aprovechaba la espera en algunos consultorios médicos en tanto el dolor la acompañaba, para escribir antes de la llamada a control.

En el peor momento de mi vida con la esperanza perdida, ella con fortaleza y franqueza me hizo varias sugerencias que me ayudaron a salir de aquel fango de autoconmiseración. Directa, pero con amor me indico el camino de salida de aquel túnel oscuro de mi vida. No olvido su voz de aliento y su constante apoyo, sin palabras melosas ni hipocresía, siempre conté con su apoyo incondicional.

El aire que ocupaba ––hoy–– esta vacío, pero, nos han quedado sus escritos, en ellos trasciende el espíritu de la autora, allí en las páginas que ha legado para futuras generaciones sigue viviendo ella: la mujer, la madre, la esposa, la amiga, la abogada, la escritora. Escritos que manifiestan realidades de su mundo interior, del dolor causado por la enfermedad, su lucha sin dar el brazo a torcer al cáncer, las anécdotas de su vida y esa tragedia de patria que ella conoció en carne viva, historias guardadas en la memoria de las páginas no escritas.

Gracias Ester por tu vida. 

Jesús Rodríguez, diciembre 18 de 2020

Tan frágil como una hoja / Imagen libre de derechos / pixabay.com

Mi estadio interior

El primer día que llegué a la escuela de futbol, allá por el año de 1981, al bajarme del bus, al frente del parque, me caí ––casi me mato––, era tal la emoción que no esperé a que el bus se detuviera y me bajé. El mundo de me dio vueltas, toda mi perspectiva cambió, la sensación fue la misma, comparable, al último día que fui a la escuela de fútbol. 

Una mañana fría del año 1984, caía esa «minuciosa lluvia» de los poemas de Borges, me llamó a un lado de la cancha el «Profe», mis compañeros gritaban en el fondo pidiendo la pelota, se escuchaba el golpe de los guayos sobre el cuero del balón y la grama húmeda chillaba con el peso de los jugadores. Olía a sudor a camiseta mojada. «Sabe que ––me dijo el Profe–– dedíquese a jugar canicas». Y con sus ojos claros que vieron la primera copa, como campeón del fútbol colombiano con el Independiente Santa Fe, me indico con un frío silencio que me fuera y no volviera. En ese instante se acabaron mis sueños de futbolista y todas esas mañanas viajando en bus de punta a punta de la ciudad, buscando ese sueño que no se cumplió. Los últimos cuatro años los había dedicado a las prácticas en la escuela. Y terminé echado como un perro que busca migajas en el piso del restaurante. Tremendo golpe para mi vida. Como todo joven pobre buscaba a través de la práctica del fútbol salir de aquella pobreza que me alimentaba a diario. Mis compañeros quedaron en la cancha gritando, pidiendo la pelota, yo avanzaba hacia un futuro incierto, de alguna manera, la escuela se había convertido en ese hogar que me era esquivo. Un tímido rayo de sol cruzaba la llovizna.

Me convertí en hincha. Un número infinito de domingos me refugié en el estadio, las semanas se me antojaban eternas, pues, el domingo se convirtió en mi obsesión, los partidos por lo general los programaban para las tres y cuarto de la tarde, yo desde la una ya estaba sentado en la tribuna sur. Casi nunca vi ganar a mi equipo, muy pocas veces lograba el triunfo, hubo una época que fue buena, cuando tuvimos al goleador del campeonato colombiano, un argentino de apellido Gottardi, tal vez ese fue mi mejor momento como hincha. El estadio se convirtió en mi segunda casa, pero, me cansé de tanto marihuanero, borracho y desadaptado que se habían convertido en mis compañeros de tribuna y Santa Fe no veía ni una, perdí el entusiasmo y algún domingo que no recuerdo dejé de asistir al estadio hasta la fecha de hoy, casi treinta años o más o menos, no importa. Ya ni por televisión sigo las partidos, ni los resúmenes de los noticieros me interesan.

Mi sueño de futbolista se desvaneció como una quimera. Pero, me abrió otras puertas que la vida misma me ha ido indicando con paciencia.

Jesús Alfredo Rodríguez T, noviembre 15 de 2020

Imagen libre de derechos / pixabay.com

LA CASA DE GUADUA

CRÓNICA DE UN MOMENTO A TRAVÉS DE UNA FOTOGRAFÍA

Desde el encierro

Fotografía: Con mi hermana Aurora, año 1969

La imagen que aparece sobre estas líneas es una fotografía que me gustaba mirar cuando abría el albúm familiar siendo un niño. La imagen fue tomada en el potrero que lindaba con la casa, se observa la cerca de guadua que separaba la propiedad del vecindario. Con el sol del atardecer aparecemos con mi hermana Aurora, ella estaba pequeñita en el instante de la toma fotográfica, yo un año y medio más grande.

1969, un año de avances para la humanidad con el hombre conquistando la luna, Neil Armstrong colocaba el pie sobre la superficie lunar logro alcanzado con la mítica nave Apolo 11. Se dieron avances tecnológicos en diversos campos, es así que, en este año nace el Internet. A partir del 15 de agosto en las cercanías de la población de Woodstock se reunía medio millón de personas para celebrar la libertad, el sexo, las drogas y el rock-and-roll durante cuatro días al lado de Jimi Hendrix y otros. Protestas con marchas en contra de la guerra en Vietnam en diferentes ciudades; ese mismo año aparece la histórica serie de la televisión infantil Plaza Sésamo. El 9 de febrero un día antes del nacimiento de mi hermana se realizó el primer vuelo de un Boeing 747. El país era gobernado por el Presidente Carlos Lleras Restrepo que representaba al partido liberal, estaba a un año de terminar su mandato y como Alcaldes de Bogotá terminaba su período de gobierno Virgilio Barco Vargas y comenzaba Emilio Urrea Delgado, alcaldes de una ciudad que comenzaba avanzar en un lento progreso, aún por sus calles transitaban hombres de ruana y sombrero, otros de vestido y corbata. En el fútbol colombiano ese año se coronaba campeón el Deportivo Cali y el subcampeón el América de Cali. En la música del mundo se escuchaba Hey Jude Revolution, The Beatles. El rock musical estaba transformando la sociedad burguesa bogotana, se imponía el Rock Psicodélico con un sonido complejo, con cambios de ritmo, tonalidades, de tiempos, era la música de moda en el sector de Chapinero, aunque había una lucha entre diferentes géneros musicales por imponer la moda en la fría capital. En el arte colombiano de esta época se asomaban aires de modernidad expresado a través de las obras de Fernando Botero, Alejandro Obregón, Carlos Granada, Enrique Grau, entre otros, en la fotografía se posesionaba Hernán Díaz, en la escultura Eduardo Rámirez Villamizar y Edgar Negret. En la literatura latinoaméricana el escritor peruano Mario Vargas Llosa publicaba Conversación en la cátedral. El escritor cubano Reinaldo Arenas publicaba su segunda novela y una de las más conocidas El mundo alucinante, donde se narra la historia de un fraile mexicano perseguido y desterrado. Mario Puzo, el escritor estadounidense de descendencia italiana publicaba su célebre obra El padrino, por primera vez una novela es protagonizada por la mafia. En mundo literario fallecé el escritor venezolano Rómulo Gallegos a los 85 años recordado por su novela Doña Bárbara. En Bogotá fallecía el 10 de mayo el escritor, poeta y periodista Jorge Zalámea que había nacido en 1905, una de sus obras representativas El sueño de las escalinatas, con relación a la poesía pensaba: El poema es la voz universal (porque es la de todos) que denuncia la miseria impuesta y reclama los derechos usurpados; por eso un poema que sucede en la India, sucede en cualquier parte del mundo, decía.

Esta fotografía con mi hermana Aurora es un hermoso recuerdo de ese comenzar a la vida, en ese instante que la cámara fotográfica capturó la luz o como dirían otros «nos robo el alma», éramos inconscientes de todo lo que sucedía a nuestro alrededor, de seguro, lo más cercano era el amor de mamá, en lo demás no participábamos de forma directa, aunque, esos cambios y esos sucesos ocurridos por aquella época hoy nos afectan directamente y hacen parte de nuestra vida diaria. Mi hermana o mis dos hermanas, Blanca Lilia no había nacido, son mi sorpote emocional y han sido un apoyo en los momentos más dificiles de mi vida, incluído mi período alcohólico que duró veinte años. Nuestra comunicación siempre ha sido desde la comprensión y el respeto, hoy que la pandemia ha afectado a gran parte de la humanidad nuestra relación es más fuerte y solidaria. Mamá tampoco aparece en la fotografía pero ella es un motor vital para seguir creyendo en la vida, hoy más que nunca, en tiempos de crisis.

Hemos tenido que despedir durante nuestra vida a seres queridos que por su edad habían cumplido con su tarea y me refiero a mis cuatro abuelos, cuatro seres diferentes pero, que me aportaron a través de sus historias imaginación y creatividad, tuvimos que despedir con tristeza a la tía Elvia nuestro soporte en tiempos de hambre y abandono. Otros familiares cercanos se han marchado por diferentes circunstancias, y que por su lejanía, el dolor de despedirlos fue soportable.

Para terminar, deseo compartir un fragmento de uno de mis últimos relatos titulado Esos pequeños seres, líneas que evocan la imagen que ilustra esta crónica:

«La casa se quedó en la montaña, abrigo y protección de mi madre y mis hermanas, casa vestida de noches y de días de recuerdos de risas y dolores, su tejado de estrellas y de flores, en su patio nace todos los días un lluvioso arco iris. La mujer morena y alta que su cabeza llegaba al cielo, hoy es una mujer de setenta y cinco años con nietos y biznietos; bajita, morenita y en su taller una máquina de coser con la que cose sus propios recuerdos.»

JESÚS ALFREDO RODRÍGUEZ TORRES

BOGOTÁ, D.C., AGOSTO 8 DE 2020