Esa maldita idea

«—Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto.»

Gabriel García Márquez, La tercera resignación

Esa maldita idea de morir, después de estar muerto. Ayer en la madrugada llegó ella vestida en su traje negro y su mirada profunda, como una noche sin estrellas. Oscura. La habitación se ensombreció y todo se marchitó con su llegada. Me dijo con su voz de ultratumba que me quedara tranquilo, que ella no tenía afán y que yo ya había dejado los afanes en la noche anterior. Quise levantarme pero mi cuerpo no respondió, no sentí mis manos, las piernas parecían no estar donde siempre estuvieron, sí estaba paralizado de cabeza a pies. Vino a mi memoria por un instante aquellos días soleados cuando caminábamos por el bosque. Los cuatro, juntos, no dejábamos de reír. Los paseos por el lago, los viajes al mar, los recuerdos se desvanecieron con el olor a muerte que inundaba mi cuarto. Ella sonrió leve y tierna. Pasó su mano huesuda por mi cabeza, solo sentí un escalofrío sobre mi carne inerte, escuché el trinar de sus huesos cerca a mis orejas. Esa maldita idea de morir me fastidia, me repugna pensar que el sol de hoy, el parque al frente de la casa, mis hijos partiendo para el colegio y los regaños de mi esposa no los volveré a sentir. Grité, pero, nadie en casa me escucho. Deje de luchar. Sentí un sudor frío por mi columna, ella mi esposa, abría la puerta de la habitación.

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El saxofón triste

La sombra fría avanza sin detenerse. El viento sacude el follaje de los eucaliptos que desnudos se balancean sobre su tronco, una melodía sorda se confunde con el aire proveniente de algún sitio lejano, atrás de las montañas. Un hombre joven con apariencia de anciano camina por el sendero de piedra, huyendo de los primeros rayos de sol de la mañana que avanza sin reparar en el transcurrir monótono del tiempo. El aire oxidado en un vaivén sin límite acaricia su rostro sudoroso, baja la mirada para esquivar la brisa que en momentos se torna agresiva, el aire en su silbido mortificante zumba en sus oídos, en la lejanía cree escuchar el ritmo melodioso del agua que golpea sin cesar las piedras de algún río oculto entre la maleza. El follaje de los árboles interpreta su sinfonía que no es completa si el aire les falta. Él desconcertado camina de la mano de su saxofón como si fuera un niño al que no se puede descuidar. La sombra se hace más fría con el transcurrir de las horas, ellas confundidas interpretan su propia canción nostálgica. Sus recuerdos lo ahogan en un mar de auto conmiseración, el odio le corroe sus sentimientos, el no haber tenido una novia había destruido su autoestima, su único consuelo el elemento musical, él se había convertido en su compañero y salvador de su desgracia. Estuvo enamorado de una muchacha de su barrio, en la temprana juventud, pero ella murió desconociendo su existencia, él nunca tuvo la oportunidad de acercarse a ella, pues, siempre la vio como a alguien inalcanzable, se sintió poca cosa para ella, eso lo mortificó y lo dejó marcado de por vida. En la soledad de su cuarto aprendió a juntar con gracia las notas musicales, comenzó con una guitarra, pero, terminó enamorado del saxofón, éste le permitía compenetrar su alma, sus emociones y sentimientos en uno solo con el artefacto sonoro, a través de él aprendió a llorar y a manifestar todo su amor por aquella mujer que no conoció. Se hizo uno e inconfundible, quién le escuchaba no podía reconocer entre el instrumento y el intérprete, en las ocasiones que tocaba su herramienta de viento, se podía apreciar la melodía que se escapaba a través de los acordes melancólicos del saxofón, él y su aparato de viento eran uno solo. Los acordes que provenían desde lo más profundo de su alma se mezclaban en armonía con su entorno, el aire que soplaba de las montañas, el sonido del follaje de los árboles, la cadencia del agua en la distancia, con las horas, en un eco sombrío desapareció la voz de la música, mientras, se cubría con un manto de sombra fría que se proyectaba sin pasión sobre el paisaje.

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Viaje

No me la quité ni para ir al baño. Se convirtió en mi compañera inseparable durante treinta días, ella se transformó en mis ojos, solo a través de ella podía ver el mundo que me rodeaba nos convertimos en un solo ser. En modo automático o en el manual mi visión comenzó a leer la realidad, a través del visor pude comprender el mundo que me rodeaba, con el ángulo de visión reducido me pude concentrar en los detalles que se aparecían como un mundo nuevo ante mis ojos. La nueva luz me obnubiló se presentó ante mis ojos como un haz luminoso de otro mundo, el frío otoñal se decoró de amarillo durante varias semanas y el obturador de mi corazón capturó aquellas imágenes como testimonio de mi descubrimiento, miré a través de la lente aquel nuevo mundo que se me presentaba virgen ante mi asombro. Nunca supe si era de mañana o de tarde, la noche si la pude reconocer, no me importaban las horas, lo que me importaba era disfrutar de aquel nuevo mundo (aunque estuviera en el viejo mundo). Con ella colgada a mi pecho deambulamos por sus calles de pintura impresionista, respiraba el aire hasta lo profundo de mis pulmones para que no se me olvidara jamás su olor de ciudad eterna, con mi objeto-ojo descubrí cada detalle que no aparece en los libros de historia, un rayo de luz que se cola por una de las esquinas antes de llegar a Notre Dame. A través de mi objeto-ojo me acerco a los detalles mínimos que decoran las puertas de ingreso, allí adentro ella Nuestra Señora. La noche decorada con tímidas luces navideñas titilan en los diferentes edificios como acariciando la noche otoñal, mi visor me permite internarme en los detalles de la oscuridad, una leve llovizna acaricia el pavimento, camino por la acera esquivando a transeúntes de otros mundos, mientras, me interno en las vitrinas de los diferentes negocios que ofrecen productos chinos, cruzó uno de los puentes sobre el río Sena que allá abajo circula manso sosteniendo las embarcaciones repletas de enamorados, al otro lado, paso al barrio latino, allí la oferta de bebidas y comidas traspasa los límites de la realidad. Sentado en un pequeño café un hombre que habla mil idiomas me atiende saludándome en español (¿cómo supo que no hablo francés?). Pido un café y observo a mi alrededor a través de mi visor, de mi objeto-ojo, respiro profundo y por fin sé que he llegado. Sí estoy aquí. Mi sueño hecho realidad. Vuelvo a mirar a través del visor, los negocios iluminados y los camareros invitando a los turistas y comensales a seguir, desde el sitio donde estoy sentado me siento en una torre de babel ¡sí estoy en París! Pruebo mi café y respiro profundo para no olvidar su olor.

Compañera sin igual

Anteojos

Allí sobre la banca brillan ausentes. Desde niño perdí la calidad de la visión y no me di cuenta de la mala calidad visual, hasta cumplir los dieciséis años cuando tuve mi primer examen de ojos con el optómetra del barrio. pensé hasta ese día que el mundo que podía ver a través de mis ojos era el real, lo que me rodeaba lo reconocía por la intuición y las montañas difusas que desde niño me han acompañado, me acostumbré a verlas de esa manera. Aprendí el camino de ida a la escuela casi de memoria, reconocía cada bache del camino de ida y vuelta. Los avisos difusos los reconocía por sus colores mas no por lo que decían. La cara permanecía pegada al cuaderno para poder distinguir lo que escribía y por más que me sentará en la primera fila al frente del tablero verde, no podía distinguir lo que el profesor escribía sobre él con tiza blanca. Mi primera novia me pareció la niña más hermosa del universo, se llamaba Teresa era una niña de ojos azules y cabello rubio, la miraba durante toda la clase con el corazón pegado a la luna, ella era mi gran amor, me gustaba verla en su jardinera de cuadritos rojos y blancos y su diadema de florecitas que adornaban su cabello de oro. Ella como un fantasma se paseaba por el salón de clase y en mis pensamientos pueriles su imagen difusa se me escapaba de mi campo de visión, en el descanso se me perdía en el bullicio de los niños que corrían desesperados por todas partes, cuando veía su imagen borrosa en la distancia corría tras de ella con la mala fortuna que siempre tropezaba con el mismo desnivel del piso y siempre caía de cara contra el pavimento y terminaba en la enfermería de la escuela bajo el cuidado de la profesora de turno. Sentado en el consultorio del optómetra quién me probaba los diferentes lentes buscando mejorar mi calidad de visión —así o mejor este— decía el doctor mientras giraba los diferentes lentes —mejor aquí o mejor acá— insistía, mientras yo detrás de los lentes miraba la cartulina pegada en la pared con el abecedario de diferentes tamaños. A los ocho días me entregaron mis primeras gafas con lentes culo de botella, me tardé algunos días mientras me acostumbré a ellas, caminaba por el parque del barrio y cuando la volvía a ver después de muchos años, allí iba ella con tremendo cuerpo de mujer, la reconocí por su cabello rubio, inconfundible, mi visión 20/20 me permitió observarla en todo detalle por la espalda, pues ella avanzaba de prisa por el parque hacia algún lugar. ¿Teresa? ¿Teresa? la llamé… ¡Teresa! Grité desesperado. Ella miró hacia atrás. Ya no me gustó.

Ventana

Tren

No sé cuántos minutos dormí hacia el final del viaje, pero me pareció una eternidad. Recorrimos mil interminables kilómetros durante la noche, en la litera organizada con cuatro camas, viajábamos tres hombres y un niño, él, hijo tal vez de uno de los caballeros; todos al parecer teníamos diferentes nacionalidades. El tren partió a eso de las siete de la noche, nunca dejó de sonar la maquinaria del aparato pegado a los rieles que parecían interminables. El bullicio de los pasajeros duró poco, algunos comieron un algo, otros se lavaron la boca o hicieron otras necesidades antes de acostarse; al rato el silencio se apoderó del tren y la oscuridad se instaló en su interior. Después de aquel celestial silencio un coro de ronquidos se posesionó del ambiente, algunos sonaban cercanos otros provenían de lejanos lugares. Los pasajeros que viajaban con conocidos conversaban en voz baja, en un siseo molesto que invadía la atmósfera oscura del vagón. No sé en qué momento el sueño me venció y entré en sus profundidades. El hombre que dormía encima de mí cama me despertó, él permaneció sentado durante casi todo el viaje, tomando algún tipo de licor barato, el olor invadió el estrecho lugar. Su pensamiento en voz alta me despertó, hablaba como si nadie le escuchará, en su fuga de la realidad murmuró en voz baja tratando de que nadie le sentirá, y hablando en un francés borracho logré entender algunas palabras: «No debí hacerle caso, nunca le había visto y por esa razón no debía hacerle caso…» Se quedó pensativo en la mudez de su propia ausencia, mientras bebía tragos exagerados de la botella. Maldecía con cada sorbo. Volvió a hablar casi en silencio. «El cerdo valía más de diez euros y el español hijo de puta lo sabía, me hizo venderlo a la mitad de su precio…» Volvió a maldecir y luego con rabia dijo: «¿Quién diablos iba a saber que el puto cerdo era mágico? Tres años criándolo y nunca me dio muestras de sus cualidades increíbles…» Se quedó en silencio por un rato, pensé que ahora sí podría dormir. Ingirió su bebida con tal despecho que el vagón se inundó de tristeza, al rato lloró desconsolado parecía el diluvio del fin del mundo. Quise decirle algunas palabras de consuelo, pero no las encontré. Volvió hablar casi sin abrir los labios: ¿Yo qué iba a saber que acariciándole el lomo y pidiendo un deseo, este se hacía realidad…? Volvió a llorar, esta vez como un niño que ha perdido su pelota de juego. Dijo algo así como: «Más vale habérmelo comido antes que descubrir tan atroz secreto… es que… no puedo olvidar como el hombre que viene con el niño en el otro camarote me ofreció tres euros por el animal, ¡que portugués tan descarado! —bajó de nuevo el tono de su voz como si sintiera que lo escuchaban— El español fue el que me convenció que le recibiera los cuatro con cincuenta, ¡cómo me arrepiento! Si hubiera conocido el secreto del animal no estaría aquí lamentando mi desgracia. Bueno qué más da —dijo con resignación—, el animal ya no es mío y el dinero de la venta se me fue en bebida.

Estación tren, Tigre – Argentina